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Texto de Ángeles Mora en la presentación de Río incurable en Granada

Artículo de Ángeles Mora para «La Dragona»

3 de julio de 2018

PRESENTACION DE RÍO INCURABLE

Es para mí un auténtico lujo estar aquí esta tarde acompañando a Jorge Alemán en la presentación de su libro Río incurable. Así que me alegro mucho de este reencuentro. No sé si fue en Madrid o aquí en Granada, en La Tertulia, nuestro último encuentro en agradable y provechosa charla con Juan Carlos Rodríguez.
Mi agradecimiento se extiende, por supuesto, a la Biblioteca Orientación Lacaniana de Granada, organizadores del acto, y que me han invitado a participar. Especialmente a Mª José Olmedo y Jesús Ambel, pero también a todos en general. Y por supuesto me encanta coincidir en la mesa con José Luis Chacón, por el que también siento larga admiración y simpatía.
El otro día, y aunque nada tengan que ver nuestros ríos con los grandes ríos argentinos, al cruzar el puente del Genil, me llevé una sorpresa: tras las lluvias primaverales el río venía pletórico (dentro de lo que cabe en un modesto río al que, además, le quitan el agua para recogerla en un pantano). Pero, como digo, de pronto, me llevé la alegría de verlo venir vivo, con fuerza. Después de haber contemplado tantas veces, camino de mi casa, su cauce seco, me pareció una auténtica maravilla ver cómo sus aguas corrían atropellándose, sin dejar de fluir huyendo y quedándose.
Y entonces recordé, por supuesto, el libro que estaba leyendo: “El río incurable”, de Jorge Alemán. Impactante río e impactante libro que hoy presentamos. Ya desde Heráclito o desde Jorge Manrique, acercándonos más a nosotros, nuestras vidas se comparan metafóricamente con un río: Pero además Jorge Alemán le agrega una palabra: Incurable. Él, que es psicoanalista, sabe de lo incurable de nuestras heridas, de lo imposible de arrancarlas del fondo de nuestro ser, aunque intentemos de alguna manera desentrañarlas, por así decirlo, para que no nos dañen, inconscientemente, más de lo inevitable. Estos poemas bucean en eso, en la vida, nuestra vida y en las heridas incurables de nuestra vida. Como, por otra parte, suele hacer la poesía. O al menos, un modo de escribir poesía. El que cuenta el poema para contar la vida, para indagar en ella, pues los poemas no le hablan solo a su autor, los poemas nos hablan a todos, a cada yo, uno por uno, a nuestras propias vivencias y heridas incurables.
Yo leo este libro de Jorge Alemán y pienso en el propio río de mi vida. Y ese es el principal secreto de la poesía: las imágenes que nos presentan estos poemas nos abren a cada uno de nosotros nuestra propia imaginación. Y los dolores e incertidumbres de estos poemas se convierten en los dolores e inquietudes que nosotros llevamos dentro. Cada uno las suyas y sin resolver.
Incurable, pues, puede decirse que es el río de la vida, de nuestra vida. Incurables son las heridas de la vida. Tanto que Jorge Alemán nos regala, al final del libro algunos de sus poemas juveniles. No es el mismo Jorge Alemán de hoy, pero nos lo anuncian. Se escribieron, nos dice, “antes del vértigo, imposible de fijar, del exilio”, cuando el río de la vida comenzaba a escapársele entre las piedras del lecho que lo recogía. No somos cauce, somos el agua que huye y permanece.
Dice Jorge Alemán en el breve prefacio que sitúa al comienzo del libro: “prescindo de aquello que se nombra con la palabra poeta. Le parece lejano. Lleva razón. El término incluso puede resultar blando. No se trata de creerse “poeta”. Se trata de que “uno solo tiene que aprender a sacarle lo suyo a las palabras”, como diría Eliot. Se trata de decir lo que no se puede decir, de que las palabras hablen por debajo de sí mismas. Por eso el poema. Por eso Jorge Alemán se empeña en que nos hablen de otra manera. Además la palabra poeta y la palabra poética puede que esté demasiado manoseada para quien se pregunta en serio y desde la izquierda, es decir, desde las tremendas contradicciones de nuestro mundo, por este río incurable, de aguas revueltas, por este mundo que está cada día más en entredicho, un mundo donde el capitalismo insaciable ha llegado a dejar al descubierto y al desnudo todas sus lacras y corre entre contradicciones, con remolinos de peces y aguas doloridas. Jorge Alemán no se conforma, quiere poner patas arriba todo lo que se da por hecho, por establecido. Esta misma tarde se va a presentar aquí una conferencia que pronunció en el año 2013, en el momento de la llamada “crisis económica”, que él cuestionará en el sentido en que se ha interpretado (y que ha servido al capitalismo para expoliarnos y dejarnos cada vez más desnudos e indefensos, perdiendo derechos adquiridos en otros momentos más favorables para los intereses de la clase trabajadora y desembocando en este liberalismo extremo). Pero de este libro, “Lacan y el capitalismo”, nos van a hablar José Luis Chacón y el propio autor.
Yo hoy, aquí, solo intentaré penetrar brevemente en este río incurable de palabras que abren una brecha ahí donde se cruzan con la propia carne. Y así nos previene Jorge Alemán: “Solo trato de escuchar las palabras que en el habla común se perciben como aristas que abren acantilados y se dejan atravesar por un río incurable de sonidos que tocan la carne del hombre y la mujer singular. Siempre es difícil escuchar lo que está escrito en el cruce de la carne y la palabra”: se trata de un pensar poético o poéticamente. Pero un pensar, al fin y al cabo, que pueda iluminarnos la vida.
Decía Juan Carlos Rodríguez, hablando precisamente de la poesía y del pensar poético: “Se trata sencillamente de un pensar desde y en el cuerpo, vivir y rastrear así la cotidianidad en sus ráfagas, sus brechas y sus rutinas o acontecimientos”. Creo que en este Río incurable de Jorge Alemán queda esto muy claro.
El libro parte de una dedicatoria: “A todo lo que en nosotros va más allá de nosotros”.
Y ya el primer poema nos lleva a ese más allá. Es un poema muy potente, maravillosamente simbólico, titulado: “Conjeturas del segundo nacimiento”, dramático y misterioso poema donde aparece la figura del Padre, y aparece el Hijo, ambos con mayúsculas, como figuras representativas, acompañando al Padre en la pesca, una pesca sin resultados en un gran río revuelto… ¿el río de la vida? Al menos el río oscuro del Padre con el anzuelo donde flotaba el vacío, mientras el Hijo cae se derrumba entre los remolinos del agua turbulenta: “el fondo del río llamaba por mi nombre”, decía el Hijo, que recordaba haberse bañado siempre en las aguas del mismo río, que pronunciaba su verdad, el mismo que ahora parece arrastrarlo. Pero el Padre nada. “Padre es uno que nada para salvar el honor de la tarde de anzuelos”… para terminar el poema diciendo: “Silban el estupor y la vergüenza de las dos edades/ en las conjeturas incurables alcanzadas por el Hijo en el segundo nacimiento”.
Creo que siempre hay un segundo nacimiento en nuestra vida. Cuando nace la conciencia de lo que somos y de lo que nos rodea, cuando la vida nos hace dudar y pensar y nos presenta nuestras propias contradicciones y las del mundo en que vivimos. Así este libro de poemas o mejor, cada poema de este libro, nos arrastra a una emoción, a un cruce entre el pensar y el sentir, a una herida distinta, que tal vez sea la misma: la herida del tiempo, la herida del yo o como nos diría Juan Carlos Rodríguez a quien hoy, junto a Jorge Alemán, tengo muy presente, la herida del “yo soy”.
Este primer poema es una especie de poema-prólogo, luego aparecen los poemas sin título, como capítulos del libro de la vida. O mejor del incurable río de la vida.
Cada poema habla de una historia, un momento, un dolor, un misterio, una herida, sin perder nunca la condición y el hilo temporal, que la poesía siempre suele arrastrar. Así el libro discurre, como la propia vida, de salto en salto, en carne viva. Y sus poemas se presentan como párrafos, pero divididos en versos separados por rayas en diagonal. Esta disposición tiene su importancia, porque lo acerca a una especie de prosa poética y musical, que en realidad no es tal, sino que las separaciones marcan cada verso y el poema adquiere su ritmo, cobra su cadencia: puesto que sin duda el ritmo poético es uno de los elementos que añade sentido al poema.
Naturalmente, estos poemas no se pueden explicar, ni falta que hace. La poesía nos habla siempre por debajo de las palabras y también entrelíneas, porque como dije al principio, el poema tiene que lograr captar aquello que no se puede decir con palabras. Las palabras son solo señales, reclamos que nos llevan la imaginación hacia otra parte, hacia lo indecible y nos hacen descubrir emociones que nos habitan sin que nos demos cuenta. Porque un poema, un buen poema siempre nos da pistas para pensar, para reflexionar sobre el mundo y sus contradicciones, sobre nuestra vida y la precariedad que la sostiene, sobre las insondables cabecitas nuestras, donde habitan nuestros miedos, nuestras fallas y fallos, los abismos en los que caemos.
Estos poemas no se explican, nos clavan sus aristas, sus sombras y luces, una amalgama de sensaciones. Estos poemas no se explican: se viven Porque como Jorge Alemán nos señala en su nota inicial, advirtiéndonos de que usa indistintamente en los poemas unas veces la acentuación del Río de la Plata y otras la española, siempre quiere que “el amable lector decida sobre el sentido o el sinsentido de lo que aquí se presenta”.
Tengo señalados en el libro bastantes poemas como imprescindibles. Todos sin título, como he dicho, con numeración latina: algunos de los que llevan acento del Río de la Plata, como el XXXVIII, el XLIV, el XLVIII… u otros como el VII, el XI, magnífico, el XVIII, el XIX, el XXI, etc. La verdad es que resulta muy difícil escoger en un libro que mantiene un tono fantástico. Pero voy a leer, para terminar, el poema I (primer poema, después de “Conjeturas del segundo nacimiento”, que abre el libro). Es un poema que me parece maravilloso y que crea el tono de los que vienen después:
I
Y entonces vio que ese viento obstinado que
sacudía la falsedad de los parques/ que hacía
temblar los vestidos en los ojos perdidos/ que
movía a los cuerpos hacia el fondo oscuro de los
trabajos/ que rozaba la cintura de las mujeres sin
rumbo/ que trazaba una línea/ en la frente de
los asesinos/ ese viento anónimo/ impersonal/
anterior a toda la carne del mundo/ sin nombre y sin
verdad/ lo invocaba una y otra vez/ desconociendo
su nombre. No hay que pensar en el amor/ dijo
sin saber/ volviendo solo/ sin mirar

Ángeles Mora